¿Una entrevista? No, gracias – Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ

UNIDAD 5

TEXTO COMPLEMENTARIO

En el curso de una entrevista, un reportero me hizo la pregunta eterna: “¿Cuál es su método de trabajo?”. Permanecí pensativo, buscando una respuesta nueva, hasta que el periodista me dijo que si la pregunta me parecía demasiado difícil podía cambiarla por otra. “Al contrario”, le dije: “es una pregunta tan fácil y tantas veces contestada por mí que estoy buscando una respuesta distinta”. El periodista se disgustó, pues no podía entender que yo explicara mi método de trabajo de un modo diferente en cada ocasión. Sin embargo, así era. Cuando se tiene que conceder un promedio de una entrevista mensual durante doce años, uno termina por desarrollar otra clase de imaginación especial para que todas no sean la misma entrevista repetida.

En realidad, el género de la entrevista abandonó hace mucho tiempo los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción. Lo malo es que la mayoría de los entrevistados lo ignoran, y muchos entrevistados cándidos todavía no lo saben. Unos y otros, por otra parte, no han aprendido aún que las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren. De lo contrario, el resultado será un sartal de preguntas y respuestas de las cuales puede salir un hijo en el peor de los casos, pero jamás saldrá un buen recuerdo.

La introducción es siempre la misma, y casi siempre por teléfono. “He leído todas las entrevistas que le han hecho a usted, y todas son iguales”, dice una voz amable y muy segura de sí misma. “Lo que yo quiero hacerle es algo distinto”. Es inútil replicar que todos dicen lo mismo. Además, no lo hago de ningún modo, porque siempre me he considerado un periodista, por encima de todo, y cuando otro periodista me solicita una entrevista me siento en un callejón sin salida: a la vez víctima y cómplice. De modo que termino siempre por aceptar, con ese hilo de suicida irremediable que todos llevamos dentro.

En dos de cada tres casos, el resultado es el mismo: no resulta una entrevista distinta, porque las preguntas son las de siempre. Incluso la última: “¿Quisiera decirme una pregunta que nunca le hayan hecho y quisiera contestar?”. La respuesta es siempre la más desoladora: “Ninguna”. Tal vez los entrevistadores no se den cuenta de hasta qué punto nos duele su fracaso a los entrevistados, pues en la realidad no es un fracaso de ellos solo, sino, sobre todo, un fracaso nuestro. Siempre me quedo con la impresión sobrecogedora de que el domingo próximo, cuando los lectores abran el periódico, se dirán con un gran desencanto, y quizá con una rabia justa, que allí está otra vez la misma entrevista de siempre, del escritor de siempre, que ya se encuentra hasta en la sopa, y pasarán con toda razón y todo derecho a la página providencial de las historietas cómicas. Tengo la esperanza de que en un día no muy lejano nadie volverá a comprar los periódicos donde se publiquen entrevistas conmigo.

Hay entrevistadores de diversas clases, pero todos tienen dos cosas en común: piensan que aquella será la entrevista de su vida, y están asustados. Lo que no saben –y es muy útil que lo sepan- es que todos los entrevistados con sentido de la responsabilidad están más asustados que ellos. Como en el amor, por supuesto. Los que creen que el susto sólo lo tienen ellos, incurren en uno de los dos extremos: o se vuelven demasiado complacientes, o se vuelven demasiado agresivos. Los primeros no harán nunca nada que en realidad valga la pena. Los segundos no consiguen nada más que irritar al entrevistado. “Eso es bueno”, me dijo un excelente entrevistador de radio. “Si uno logra irritar al entrevistado, éste terminará por gritar la verdad de pura rabia”. Otros emplean el método de los malos maestros de escuela, tratando de que el entrevistado caiga en contradicciones, tratando de que diga lo que no quiere decir, y tratando, en el peor de los casos, de que digan lo que no piensan. He tenido que enfrentarme algunas veces a esta clase de entrevistadores, y los resultados han sido siempre los más deplorables. Debo reconocer, sin embargo, que, en otro género de entrevistas, el método puede conducir a una explosión deslumbrante. Este fue el caso, hace algunos años, en una conferencia de Prensa sobre temas económicos que concedió el presidente de Francia Valéry Giscard d’Estaing. Fue un espectáculo radiante, en el cual los periodistas disparaban con cargas de profundidad, y el entrevistado respondía con una precisión, una inteligencia y un conocimiento asombrosos. De pronto, una periodista preguntó con el mayor respeto: “¿Sabe usted, señor presidente, cuánto cuesta un billete del Metro?”. El señor presidente, por supuesto, no lo sabía.

Entrevista de guerra

En esta clase de entrevistas, que tal vez debían llamarse entrevistas de guerra, el nombre culminante es el de mi admirada Oriana Fallaci. Otros periodistas que creen conocerla –pero que sin duda no la quieren- tienen reservas en relación con su método. Dicen que en efecto no altera ni una sola palabra de lo que dijo el entrevistado frente al micrófono, que en cambio acomoda a su antojo el orden en que fue dicho, y, sobre todo, cambia y retoca sus propias preguntas como mejor le conviene. No me consta, y es muy probable que quienes lo dicen no lo sepan tampoco de primera mano. A fin de cuentas, no creo que ese método sea menos sospechoso que el empleado en la actualidad por las revistas norteamericanas Time y Newsweek, que graban una conversación de varias horas y luego no utilizan sino el material de una página, sin preguntarse si las omisiones no alteran de algún modo el sentido del texto original. En todo caso, el resultado del método de Oriana Fallaci es casi siempre revelador y fascinante, y muy pocas personalidades de este mundo han resistido a la vanidad de concederle una entrevista. A ella, por su parte, sólo se le ha ablandado el corazón frente a dos hombres: el príncipe Rainiero de Mónaco y monseñor Helder Cámara. El propio Henry Kissinger admitió en sus memorias que la entrevista de Oriana Fallaci fue la más catastrófica que le habían hecho jamás. Es fácil comprender, porque en ninguna otra había quedado tan descubierto por dentro y por fuera, y de cuerpo entero. Como sólo puede lograrse, desde luego, con los recursos mágicos de la ficción.

Un buen entrevistador, a mi modo de ver, debe ser capaz de sostener con su entrevistado una conversación fluida, y de reproducir luego la esencia de ella a partir de unas notas muy breves. El resultado no será literal, por supuesto, pero creo que será más fiel, y sobre todo más humano, como lo fue durante tantos años de buen periodismo antes de ese invento luciferino que lleva el nombre abominable de magnetófono. Ahora, en cambio, uno tiene la impresión de que el entrevistador no está oyendo lo que se dice, ni le importa, porque cree que el magnetófono lo oye todo. Y se equivoca: no oye los latidos del corazón, que es lo que más vale en una entrevista. No se crea, sin embargo, que estas desdichas me alegran. Al contrario: al cabo de tantos años de frustraciones, uno sigue esperando en el fondo de su alma que llegue por fin el entrevistador de su vida. Siempre como en el amor.

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